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viernes, 15 de abril de 2011

Argentina. Diciembre 2001



Atrás quedaron los escombros: humeantes pedazos de tu casa,
veranos incendiados, sangre seca sobre la que se ceba –último buitre-
el viento.
Tú emprendes viaje hacia adelante, hacia el tiempo llamado porvenir.
Porque ninguna tierra posees, porque ninguna patria es ni será jamás la tuya, por que en ningún país puede arraigar tu corazón deshabitado.
Nunca -y es tan sencillo- podrás abrir una cancela y decir, nada más: “buen día, madre”.
Aunque efectivamente el día sea bueno, haya trigo en las eras y los árboles extiendan hacia ti sus fatigadas ramas, ofreciéndote frutos, sombra para que descanses. 



Ángel Gonzalez. "El Derrotado"



Como tantas injusticias que suceden en este mundo, muchas de ellas las recibía sentado en el sillón de mi casa. Un día más, a una hora cualquiera. Noticias que provenían de un lugar diferente cada vez o de los mismos de siempre.

En las imágenes, en los reportajes, en las declaraciones y en las protestas se reconocían a los mismos de siempre, aquí, allá, pero siempre los mas indefensos, los que siempre resultan mas golpeados y mas injustamente tratados. Los mismos que un día deciden ponerle el pecho a la vida y pelear por una dignidad robada hace ya demasiado tiempo. Sometidos en un mundo que no suele marcar y determinar reglas contando con ellos.

En aquel tiempo soñar con la posibilidad de viajar a la Argentina resultaba difícil. A finales de 2001 y durante el 2002 aquel país vivió el resultado de una de las crisis más agudas de toda su historia.

En Diciembre de 2001, intentar abarcar mínimamente la realidad de un país a través de las imágenes y los titulares de prensa que me llegaban, resultaba casi imposible. Las imágenes no generaban en mí la capacidad de hacerme preguntas tal como me las estoy haciendo ahora, las imágenes simplemente cuestionaban a mi conciencia.


...
El 18 de Diciembre de 2001 estallaba una revuelta popular en protesta contra una serie de medidas de restricción bancaria, que los argentinos interpretaron como un preámbulo a la confiscación de sus depósitos, para financiar así los gastos de un Estado cuyas arcas estaban vacías, el denominado corralito financiero  De un día para otro muchos perdieron los ahorros que tenían en los bancos. De un día para otro se limitaban las esperanzas y los proyectos de toda una vida a muchos argentinos y argentinas.

A España llegaban imágenes de ciudadanos desesperados y hambrientos, imágenes de manifestaciones, de saqueos a supermercados en busca de alimentos.



Aquel invierno en Madrid, presenciaba atónito delante del televisor las escenas que llegaban desde Plaza de Mayo, imágenes de una sociedad angustiada. Se veían grupos de chicos jóvenes, con la cara tapada, mujeres con hijos, familias, empleados de traje y corbata, desocupados y militantes políticos, y enfrente, la policía federal respondía a estas manifestaciones populares con una violencia inusitada. Para dispersar a las columnas de gente que intentaban acceder desde las calles colindantes a la Plaza no solo se usaban gases lacrimógenos y proyectiles de goma.

En el especial de aquel fin de semana que la cadena nacional española emitía por televisión, a mi memoria vienen imágenes de una ciudad encendida, las calles de Buenos Aires bloqueadas, iluminadas por las hogueras. Escenas duras, como las de aquel hombre que apenas podía mantenerse en pie y bajar las escalinatas del Congreso, a sus espaldas se oían los balazos, finalmente se desplomaba en el suelo, estaba malherido. 


Recuerdo los gritos: ¡el pueblo unido jamás será vencido!, “Por ellos estoy acá. Porque pasan hambre, y no es justo” o los manifestantes cantando cuando llegaron las Madres: “Madres de la Plaza, el pueblo las abraza”. Me impresionó aquel grupo de reporteros gráficos que tuvieron su propio enfrentamiento con la Policía Federal, que cada vez que pudo pegarles lo hizo con rabia. No en vano, según me contaron un tiempo después, el grupo de fotógrafos el día anterior había evitado que avanzara una tanqueta contra un centenar de manifestantes acorralados. Se habían quedado inmóviles con sus brazos en cruz, dejando colgar las máquinas en los torsos.

Aquel estallido social produjo más de 30 muertos y más de 400 heridos en todo el país. Aquellos días de diciembre, en pleno verano austral, resultaron ser unos días demasiados calientes, demasiados tristes para la conciencia personal y colectiva. 



Los argentinos no sintieron que los atacaban en su forma individual o particular, se sentía la violencia hacia la sociedad en general. Era la primera vez desde hacía mucho tiempo que la clase obrera y la clase media argentinas azuzadas por la miseria y el corralito se unían en la calle. Una respuesta social a la falta de palabras creíbles, a la indignación por la clase política, por la corrupción y la ausencia de soluciones gubernamentales. 

Las miles de personas que aquellos días lucharon por entrar en la Plaza de Mayo necesitaban encontrar una forma expresar ante la Casa Rosada la rabia contenida, la impotencia ante la situación que se estaba viviendo, “basta, que se vayan todos”, esa fue la consigna.

Me pregunto si todos aquellos que golpeaban cacerolas, que se manifestaban uno junto a otro ¿lo hacían por los mismos motivos?. Cierto que había una necesidad, la de expresar un descontento general, pero ¿se compartían los mismos ideales? ¿reaccionó la clase media cuando les tocaron el bolsillo y es entonces cuando se unieron a la clases menos pudientes?, hasta entonces ¿era la clase obrera, los movimientos piqueteros un grupo reducido, violento, molesto? ¿una forma de radicalización que la sociedad no compartía, no aprobaba? ¿qué ocurría en el resto del país? ¿qué ocurría en las provincias del interior?, seguramente la crisis se notó antes, pero la gente del interior protestaba de otra manera, en lugar de golpear cacerolas se quemaban neumáticos. 

En el interior, en provincias como Catamarca, Tucumán, Salta, Jujuy se sintieron los efectos de la crisis económica mucho antes que en Buenos Aires. El hartazgo político popularmente no se manifestó de forma tan clara como en Buenos Aires. En determinadas provincias el silencio de la población significaba miedo, porque la mayoría de la población dependía económicamente del Gobierno Provincial, el primer empleador. Los puestos públicos eran prácticamente un tercio del trabajo que había. Los gobiernos provinciales apenas dejaban espacio para manifestarse.

Obviamente, estaba muy lejos de hacerme estas preguntas aquel fin de semana del invierno de 2001. Sin embargo empecé a creer, o al menos a intuir, lo que un tiempo después dijo el escritor Ivan Puig, los niños desnudos de la provincia de Tucumán llevaban dos décadas muriendo a diez kilómetros de Buenos Aires, y con el paso del tiempo cada vez vivían más y más olvidados. La cruenta realidad mandaba, con ellos no se ganaban elecciones. En la práctica, para los que gobernaban o pretendían hacerlo, los marginados de la periferia no valían para nada.


Francisco Lorca Ruiz

domingo, 15 de agosto de 2010

Los Ojos de Gladis


Tomábamos una copa de esas que nos gustan a ti y a mí. Una de esas copas en las que conseguimos creer que el mundo está pendiente de nosotros. Una de esas en las que le hacemos trucos de magia al futuro inmediato y conseguimos que siempre pique. Tomábamos una copa y me pediste que te escribiera algo de Gladis.

Y tiraría del mundo de las metáforas hasta convertirme en un pedante, o escribiría a golpe de verso fácil con el riesgo de resultar cargante, pero me estabas pidiendo por Gladis (...)
Ya perdí la cuenta de las veces que aterricé en Ezeiza y los motivos que me llevaron, y sin embargo, queriéndolo, no conseguiría olvidar un solo instante de la primera vez que fui, de mi aventura del 2000.

Y recuerdo con detalle cómo fui mirando aquel país, cómo conociendo a muchas de sus gentes, cómo haciendo amigos y cómo haciéndome enemigo de injusticias y miserias.

Seguí mirando, en aquel primer viaje, y alcancé a ver y a leer entre aquéllas, los renglones torcidos de la esperanza, de la paz, del Amor. Y miré y miré.

Fue la pequeña odisea del mirar, del otear, del querer descubrir en cada instante y en cada sitio. Y concentrado en aquellas, apareció Gladis con su pelo enmarañado, rudo, triste. Y nos hicimos amigos porque era imposible que no hubiera sido así. La llamé Princesa desde el primer minuto, como por casualidad, y !Qué curioso¡ desde ese mismo instante me tuvo y me tiene dominado con el poder absolutista que sólo puede ejercer una soberana de apenas 8 años.

Año tras año he vuelto a su palacio de barro y caña, de polvo y aguas estancadas, de miseria y puestas de sol. Y ella seguirá siempre allí, siempre soberana en una realidad imposible que me cuestiona cada día.

Y me hará volver porque siempre volvemos a los sitios de los que ya nos sentimos parte. Y me hará volver porque no podría no volver a abrazarla y a darle un caramelo, porque no podría no volver a cantarle una canción, porque no podría no volver a jugar al pañuelo con ella, no podría no volver a llevarla a caballito.

No podría no volver…

Y cada año regreso a casa, lejos de su reino, y tarareo despistado la letra de aquella canción de Los Secretos… “Ya no persigo sueños rotos los he cosido con el hilo de tus ojos y te he cantado al son de acordes aún no inventados…”

Y cada año, de vuelta a casa me pregunto por Argentina, me pregunto qué será de ella, me pregunto cómo me ve la Argentina que me conoce, cómo me siente, qué espera de mí. Y cada año sonrío incapaz de resolver ese jeroglífico en el que entro y en el que vivo. Cada año sonrío porque Argentina me vuelve a seducir, me vuelve a embrujar, me vuelve a cautivar…

Y es que Argentina me mira con los ojos de Gladis.


Ramón Pinna Prieto

jueves, 15 de julio de 2010

Un viaje interior


Comencé a amar a América mucho antes de viajar por primera vez allá, tanto que casi no tengo memoria de ello. Sé que me gustaba escuchar música de Víctor Jara y de Quilapayún. Cuando tenía 16 años escribí una obra de teatro para clase de literatura sobre los mapuches. Leía autores americanos, escuchaba música americana. Como toda mi generación leí "Cien años de soledad" cuando aún no tenía edad para comprender la obra, y fui marcada por el realismo mágico de García Márquez, sólo entendible la magia de la realidad más dura cuando se conoce la compleja y sentimental sociedad colombiana...


Y ya entonces empecé un viaje interior, un viaje con el corazón, que no sabía si se iba a concretar alguna vez, ese viaje permaneció dormido en mí muchos años, hasta que una chispa salta, hasta que una señal aparece, y entendí que necesitaba realizar el viaje, esta vez con todos los sentidos, al continente americano, y comprobar lo que el corazón hace tiempo venía avisando: que una parte de mi se siente americana, que mis antepasados, otras mujeres como yo, otros hombres, no habían viajado a América sólo a conquistar, muchos y muchas habían ido en busca de una utopía, de un horizonte más amplio que el que se les ofrecía acá y ahora me tocaba a mi hacerlo, ahora, que parece que el futuro está en el norte, yo tenía que emprender un viaje para aprender y conocer a personas que día a día luchan por el futuro del sur...

Y viajé a la Argentina, y comprobé que lo que había soñado era cierto, que en las situaciones más difíciles, en los procesos más caóticos, hay personas que apuestan por la vida, por la dignidad, por la libertad, yo quería ser partícipe de la construcción del futuro de un pueblo, el argentino, que no hace tanto tiempo había ofrecido ese futuro a generaciones de europeos que acá no podían construirlo. La conformación de ese horizonte de paz y dignidad parte por la necesaria premisa de reconstruir y rescribir la historia, de recuperar la identidad de pueblos a los que han hecho creer que carecen de derechos y de historia.

Y viajé a Colombia, y comprobé que el carácter colombiano se parece mucho al mío, prima el gesto sobre la reflexión, la intuición, el trabajo, la afectividad, la desmesura, son sus premisas, nunca te puedes quedar indiferente ante nada ni ante nadie, y también supe que yo podía encajar en esa sociedad tan "irracional", trabajando con, y por, las personas que continúan resistiendo al olvido histórico al que están sometidos los pueblos del sur.

Yolanda Rodríguez Villegas

martes, 1 de junio de 2010

El Cerrito


Al caer la tarde, decidimos caminar hacia la puesta del sol y buscar esos últimos rayos que nos confortaran antes de que el viento helado de los grandes andes impusiera el “toque de queda” en los valles.

Dejamos atrás el río y el puente de Santa María y, paradójicamente, mientras nos alejábamos del centro de la ciudad, nos metíamos más en el corazón de una realidad y un entorno que justificaban sobradamente todos los esfuerzos realizados en forma de viaje o de incomodidad, o de riesgo.

Y de entre aquellas piecitas de adobe y paja, y por aquellos callejones donde igual te encontrabas un cerdito que una vieja bicicleta con las gomas reventadas, empezaron a “brotar” niños y niñas entre curiosos y expectantes. Niños y niñas que esperaban la puntualidad imprevisible de sus amigos de Buenos Aires y de España. Niños y niñas que sin saber por qué, sí que saben que las promesas se cumplen. Niños y niñas que respetaban su parte del trato, la de darnos todo su cariño y el de sus familias nada más vernos. Argentina late en el Cerrito, para muchos de nosotros, late fuerte en el Cerrito.

En cuestión de segundos renovamos ese pacto secreto de unidad, de pertenencia mutua y de afecto a flor de piel. Y en cuestión de minutos nos sumergimos en la maravillosa rutina del Cerrito, una rutina completamente extraordinaria para todos, desacostumbrada y que dura lo suficiente para armar de sentimientos las fotos de este viaje.

Y así, sin hacer gran cosa, dando poco y llevándonoslo todo, fuimos cada tarde a escuchar, a comprender, a querer y por supuesto a celebrar “campeonatos mundiales de dictado” o a jugar al pañuelo.

El Cerrito tiene un algo de magnético, esas niñas y esos niños tienen imán en la sonrisa y en la mirada, Santa María tiene mucho del Cerrito, y para algunos de nosotros, Argentina late allí…


Ramón Pinna Prieto

jueves, 15 de abril de 2010

Viaje a Santa María desde San Miguel de Tucumán




Paradojas
(Escrito en 2004)

Tucumán, provincia argentina tan asociada al hambre, a la desnutrición y a la crisis que padeció el país en el año 2001, también está ligada paradójicamente a la caña de azúcar, a los cítricos, en definitiva, a la riqueza que da la tierra. Tanta resulta que la provincia es denominada por el resto del país, "El Jardín de la República".


Argentina, y especialmente Tucumán constituyen el principal abastecedor externo de cítricos frescos de la Unión Europea. No es extraño ver, sobre todo en nuestro verano boreal, como los supermercados de Madrid y otras ciudades españolas y europeas, están repletos de cítricos argentinos con la etiqueta que determina su origen en la provincia de Tucumán. Y sin embargo, al llegar, es inevitable recordar otras imágenes, las que nos hablan de heridas que aún permanecen abiertas, de políticas de décadas pasadas que resultaron nefastas para la provincia. Es cierto, es inevitable pensar en ello, pero hay muchas otras cosas que merecen la pena ser vividas y recordadas para que nunca las olvidemos. Constituyen una experiencia única, y es ahí, donde comienza nuestro viaje, nuestra última etapa antes de llegar a Santa María.

...

Llegamos a la provincia de Tucumán al amanecer, un viaje que ha supuesto recorrer casi 1300 kilómetros desde Buenos Aires, sin embargo, todavía nos quedan cuatro horas de viaje hasta Santa María, nuestro destino. Santa María se encuentra en la provincia de Catamarca. Una última etapa que resultará algo lenta. Ambas ciudades están apenas separadas por 180 kilómetros, sin embargo viajar por carreteras de montaña, cruzar la impresionante Selva Tucumana y alcanzar los Valles Calchaquíes hará que resulte necesario realizar una larga jornada para tan poca distancia.

En la Selva Tucumana también denominada Selva del Aconquija se encuentran las principales elevaciones de la provincia, como son el Nevado del Candado, de 5.450 metros y el Cerro del Bolsón, de 5.550 metros de altura.

Iniciamos el viaje a las diez de la mañana desde la estación de autobuses de San Miguel de Tucumán. Cansados entramos en el autobús, a poco de iniciar la marcha y tras dejar la capital de la provincia empezamos a cabecear en los asientos. El sueño nos puede. Aunque estamos medio adormilados, es inevitable reconocer a través de los cristales los "trencitos" de cañeros que durante el invierno, la época de la zafra, viajan por los caminos repletos de caña que llevan hacia los ingenios. La pendiente se empieza a notar, el autobús empieza a trepar, las curvas y contra curvas definitivamente nos despiertan en medio de un paisaje espectacular. La carretera serpentea la loma de la montaña, la vegetación se torna más densa y está compuesta por variadas especies de hierbas y arbustos. La imagen es impresionante. En ese instante entendemos porqué otros compañeros de ruta nos aconsejaron hacer ese viaje durante el día. En la Selva la humedad se hace presente. El frío de la noche genera al amanecer una densa niebla que produce un efecto fantasmal a los robles, nogales, cedros, virarós y demás especies vegetales de la yunga. De todas ellas cuelgan musgos o barbas del monte generando figuras fantásticas e irreales. Imposible dormirse, el viaje resulta largo, fatigoso, estamos cansados, pero la Selva ha conseguido captar toda nuestra atención.

Seguimos ascendiendo hasta que finalmente llegamos a El Mollar y Tafí del Valle. A partir de aquí el paisaje, sobre todo en invierno, cambia radicalmente, la vegetación se vuelve rala, el terreno árido, seco y sólo encontramos gramíneas y pastos duros. El Mollar es un pueblo a orillas del dique la Angostura. El lago se suele poblar de botes de pescadores y a veces, los bancos de niebla recorren su extensión como si fuera una película de Herzog. Llegamos a Tafí del Valle que al igual que el Mollar, se encuentra enclavado entre las montañas. En Tafí realizamos un descanso, ya hemos recorrido la mitad de nuestro viaje desde San Miguel de Tucumán.

El nombre de Tafí deriva del vocablo diaguita Taktillakta (“Pueblo de entrada Espléndida”). Por la dureza del paisaje y la accesibilidad a los valles, hasta 1943, (año en el que se construyó el camino que serpentea la ladera de la montaña) el acceso sólo podía realizarse a lomo de mula.

Tras dejar el Valle de Tafí, nos dirigimos hacia el noroeste donde se encuentra el Abra del Infiernillo a 2960 metros sobre el nivel del mar. En la parte más alta del abra, que significa una abertura entre los cerros, el camino pasa por el lugar donde se amontonan las nubes que pugnan, al igual que el autobús en el que viajamos, por vencer la altura e inundar el valle.

Finalmente llegamos a los Valles Calchaquíes. Hemos superado el Abra del Infiernillo y nos adentramos a paso lento en los nuevos valles. Estamos en el Valle de Yokavil donde se encuentra Santa María. Poco a poco vamos descendiendo y empezamos a reconocer a los nuevos habitantes del valle, los más destacados por su altura son los cardones, cactos enormes que llegan a alcanzar los cinco metros de altura y que al igual que el resto de las especies vegetales del valle están adaptados a las condiciones de un entorno seco y ventoso. Intentamos recuperarnos del mal de altura, lentamente empieza a hacer efecto en nosotros, necesitaremos unos días para aclimatarnos. El autobús deja tras de sí, Amaicha del Valle, apenas quedan unos minutos para llegar. Enfilamos directos a Santa María, nuestro destino, la llegada viene cargada de expectativas, de ilusiones. Es tiempo de encuentros, de acompañar, de ver y escuchar..., es hora, nunca mejor dicho de dar protagonismo al tiempo que con el paso de los días nos irá ubicando, nos irá aclimatando no sólo física sino mentalmente, sus consejos resultarán muy importantes, primera lección, los días transcurren lentos, el mate compartido no conoce horarios..y es allí donde nos esperan los niños del Cerrito y de la Escuelita, las mujeres de la Cooperativa Tinku Kamayu, los cerros,...

Estas son nuestras paradojas. 11.000 kilómetros desde España. A 1400 kilómetros de Buenos Aires. Viajamos a Santa María, para estar, para encontrarnos, volver un año más para determinar qué resulta importante en cada uno de nosotros, qué es vital. En aquella inmensidad, en aquellos valles, en el silencio compartido con el viento, sentados en algún cerro, parados en algún collado, nos preguntamos ¿porqué estoy aquí? ¿Por qué era necesario tan largo viaje para llegar hasta aquí?...

...aquí empieza nuestro particular contrasentido, una de tantas paradojas que para nosotros están llenas de toda lógica.
...

Los Valles Calchaquíes tienen una extensión de 5740 kms, comprenden tres provincias del norte de Argentina: Catamarca, Tucumán y Salta. Santa María, a 1950 metros de altura sobre el nivel de mar, se encuentra en la Precordillera de los Andes, al nordeste de la provincia de Catamarca, en el denominado Valle de Yokavil, en el corazón de los Valles Calchaquíes. El departamento de Santa María está formado por pequeñas poblaciones, en su mayoría rurales, que gravitan alrededor de la municipalidad de Santa María. En el Valle de Yokavil, cuyo nombre viene de los indios yokaviles, se pueden encontrar numerosos vestigios culturales como las ruinas de Fuerte Quemado o Cerro Pintado, testimonios todas ellas del enorme valor de este valle como cuna y asentamiento de comunidades aborígenes en tiempos prehispánicos.


Francisco Lorca Ruiz