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jueves, 1 de septiembre de 2011

Páginas de un Diario. Septiembre 2011: "La humildad de ser (I). El espejismo humanitario"





Dedicado a Alejandro Lorca. Socio Fundador y Primer Vicepresidente de la Asociación Achalay (2002 a 2004)



Recuerdo hace unos años una conversación que mantuve con mi hermano Alejandro previa al inicio de un viaje. Dicho viaje tenía por objetivo conocer algunos de los proyectos de cooperación que desde la Asociación estábamos financiando. 

Mientras terminaba de organizar mi equipaje, la charla derivó sobre nuestras propias inquietudes, nuestras dudas, muchas, y certezas, más bien pocas, que teníamos sobre el mundo de la solidaridad, sobre nuestra forma de ser y de actuar. Y lo más importante, sobre algo que nunca debíamos de perder: la humildad. 

Aquel encuentro terminó con una frase de Alejandro que desde entonces guardo como un regalo, un consejo que nunca debería olvidar, una lección que se resumía en una sola frase: "Ser héroe es muy fácil, pero ser buena persona es muy difícil". 

Es cierto, la simple idea de hacer una buena obra alimenta nuestro ego, recorrer grandes distancias para conocer realidades muy duras con el fin de ayudar e intentar mejorar las condiciones de vida de las personas mas desfavorecidas nos hace sentirnos mejor, pero, ¿amamos a ese ser humano al que ayudamos o amamos el hecho de atenderle?, ¿hacemos esto por ellos o por nosotros?, ¿esperamos gratitud de las personas que se benefician de nuestra acción?. Y sí, la esperamos, gratitud y agradecimiento, creemos que nos lo merecemos, sin darnos cuenta que, a lo mejor la persona a la que atendemos antes de víctima es un ser humano y que precisamente por ello, lo último que quiere perder es dignidad y orgullo. Y muchas veces ese gesto de gratitud no llega, quizás una mirada inquisitiva, un gesto que refleja un daño a veces difícil de reparar, una pregunta sin respuesta, una herida permanente, ¿porqué justo a esa persona le tocó nacer en determinado lugar y no de donde provienen las ayudas?, ¿porqué ellos están padeciendo y no aquellos que en este mundo globalizado intuyen que les tocó vivir en "el lado bueno"?, ¿porqué estar resignados a un destino que se les escurre de las manos mientras esperan la caridad de los demás?.

Contaba el escritor y cooperante Jordi Raich que la solidaridad es un lujo que existe mientras nos sabemos más fuertes y privilegiados que los perjudicados pero se esfuma cuando sentimos que los perjudicados somos nosotros.

Tenemos que empezar a asumir que el ser solidario tiene sus grandezas y sus miserias, aceptar la crítica continua, aceptar que a veces la solidaridad puede ser decepcionante, aprender a digerir nuestra vanidad, nuestro narcisismo y el creernos referentes morales ante la sociedad.

En el mundo de la solidaridad hay gente extraordinaria y honesta, que cumple una importante labor, pero no presupongamos que esa honradez y esa integridad no la tienen también otros colectivos. Este ejercicio de modestia, de humildad, de autocrítica mejor que de autocomplacencia, quizás nos ayude a entender que con nuestras acciones solidarias inicialmente no cambiamos el mundo, cambiamos nuestra percepción que teníamos de él, cambiamos nosotros. Y eso es un logro del cual hemos de sentirnos orgullosos. A la larga todos estos cambios apenas perceptibles redundarán en una ayuda más honesta, creíble, transparente, profesional y eficaz. Es lo menos que podemos hacer para intentar dar una vida digna a tantas personas cuyo futuro comienza al alba y termina al anochecer.



Francisco Lorca Ruiz
Asociación Achalay España


domingo, 15 de mayo de 2011

Un día descubres...


(Argentina 2002)

...que tu realidad no te alcanza

Un día descubres que tus propias certezas a veces se desmoronan fácilmente, las respuestas, se convierten en preguntas, te generan dudas. Y eso, está bien, tampoco hay que alarmarse.

Por que no te hablo de cuestionamientos VITALES, o que se desmoronen todos tus principios que tu consideras básicos. ¿o si?

Un día descubres otra realidad, algo intuyes porque tu eres una persona inquieta y sensible, descubres que tras tu entorno hay infinidad de realidades, que la distancia o la lejanía no las convierten en menos importantes, que lo que no sepas tu, lo que no abarque tu conocimiento, quizás para otras personas sea  su propia identidad. Y sigue siendo igual de importante.


Un día descubres que todo es posible y  quizás no percibas que las cosas están cambiando. Que a personas distantes y lejanas en el tiempo, les unen motivaciones, inquietudes, necesidades similares a las tuyas, pero que el hecho de no percibirlas, no te reafirma en la idea que tu estás sólo en este mundo. Tú,  tu entorno, tu realidad cotidiana.

A los soñadores, a los inquietos, a los que desgraciadamente siempre llegan detrás de todo y delante de nada, a los que no consiguen, a pesar del intento, salir adelante, a los que no encuentran motivaciones especiales para avanzar.

Un día sería bueno que se encontrasen, aquellos que cruzan el mar de la indiferencia y descubren otras realidades, con aquellos que andan planteándose la pregunta ¿por qué? y nadie les da una respuesta.

Francisco Lorca Ruiz

viernes, 15 de abril de 2011

Argentina. Diciembre 2001



Atrás quedaron los escombros: humeantes pedazos de tu casa,
veranos incendiados, sangre seca sobre la que se ceba –último buitre-
el viento.
Tú emprendes viaje hacia adelante, hacia el tiempo llamado porvenir.
Porque ninguna tierra posees, porque ninguna patria es ni será jamás la tuya, por que en ningún país puede arraigar tu corazón deshabitado.
Nunca -y es tan sencillo- podrás abrir una cancela y decir, nada más: “buen día, madre”.
Aunque efectivamente el día sea bueno, haya trigo en las eras y los árboles extiendan hacia ti sus fatigadas ramas, ofreciéndote frutos, sombra para que descanses. 



Ángel Gonzalez. "El Derrotado"



Como tantas injusticias que suceden en este mundo, muchas de ellas las recibía sentado en el sillón de mi casa. Un día más, a una hora cualquiera. Noticias que provenían de un lugar diferente cada vez o de los mismos de siempre.

En las imágenes, en los reportajes, en las declaraciones y en las protestas se reconocían a los mismos de siempre, aquí, allá, pero siempre los mas indefensos, los que siempre resultan mas golpeados y mas injustamente tratados. Los mismos que un día deciden ponerle el pecho a la vida y pelear por una dignidad robada hace ya demasiado tiempo. Sometidos en un mundo que no suele marcar y determinar reglas contando con ellos.

En aquel tiempo soñar con la posibilidad de viajar a la Argentina resultaba difícil. A finales de 2001 y durante el 2002 aquel país vivió el resultado de una de las crisis más agudas de toda su historia.

En Diciembre de 2001, intentar abarcar mínimamente la realidad de un país a través de las imágenes y los titulares de prensa que me llegaban, resultaba casi imposible. Las imágenes no generaban en mí la capacidad de hacerme preguntas tal como me las estoy haciendo ahora, las imágenes simplemente cuestionaban a mi conciencia.


...
El 18 de Diciembre de 2001 estallaba una revuelta popular en protesta contra una serie de medidas de restricción bancaria, que los argentinos interpretaron como un preámbulo a la confiscación de sus depósitos, para financiar así los gastos de un Estado cuyas arcas estaban vacías, el denominado corralito financiero  De un día para otro muchos perdieron los ahorros que tenían en los bancos. De un día para otro se limitaban las esperanzas y los proyectos de toda una vida a muchos argentinos y argentinas.

A España llegaban imágenes de ciudadanos desesperados y hambrientos, imágenes de manifestaciones, de saqueos a supermercados en busca de alimentos.



Aquel invierno en Madrid, presenciaba atónito delante del televisor las escenas que llegaban desde Plaza de Mayo, imágenes de una sociedad angustiada. Se veían grupos de chicos jóvenes, con la cara tapada, mujeres con hijos, familias, empleados de traje y corbata, desocupados y militantes políticos, y enfrente, la policía federal respondía a estas manifestaciones populares con una violencia inusitada. Para dispersar a las columnas de gente que intentaban acceder desde las calles colindantes a la Plaza no solo se usaban gases lacrimógenos y proyectiles de goma.

En el especial de aquel fin de semana que la cadena nacional española emitía por televisión, a mi memoria vienen imágenes de una ciudad encendida, las calles de Buenos Aires bloqueadas, iluminadas por las hogueras. Escenas duras, como las de aquel hombre que apenas podía mantenerse en pie y bajar las escalinatas del Congreso, a sus espaldas se oían los balazos, finalmente se desplomaba en el suelo, estaba malherido. 


Recuerdo los gritos: ¡el pueblo unido jamás será vencido!, “Por ellos estoy acá. Porque pasan hambre, y no es justo” o los manifestantes cantando cuando llegaron las Madres: “Madres de la Plaza, el pueblo las abraza”. Me impresionó aquel grupo de reporteros gráficos que tuvieron su propio enfrentamiento con la Policía Federal, que cada vez que pudo pegarles lo hizo con rabia. No en vano, según me contaron un tiempo después, el grupo de fotógrafos el día anterior había evitado que avanzara una tanqueta contra un centenar de manifestantes acorralados. Se habían quedado inmóviles con sus brazos en cruz, dejando colgar las máquinas en los torsos.

Aquel estallido social produjo más de 30 muertos y más de 400 heridos en todo el país. Aquellos días de diciembre, en pleno verano austral, resultaron ser unos días demasiados calientes, demasiados tristes para la conciencia personal y colectiva. 



Los argentinos no sintieron que los atacaban en su forma individual o particular, se sentía la violencia hacia la sociedad en general. Era la primera vez desde hacía mucho tiempo que la clase obrera y la clase media argentinas azuzadas por la miseria y el corralito se unían en la calle. Una respuesta social a la falta de palabras creíbles, a la indignación por la clase política, por la corrupción y la ausencia de soluciones gubernamentales. 

Las miles de personas que aquellos días lucharon por entrar en la Plaza de Mayo necesitaban encontrar una forma expresar ante la Casa Rosada la rabia contenida, la impotencia ante la situación que se estaba viviendo, “basta, que se vayan todos”, esa fue la consigna.

Me pregunto si todos aquellos que golpeaban cacerolas, que se manifestaban uno junto a otro ¿lo hacían por los mismos motivos?. Cierto que había una necesidad, la de expresar un descontento general, pero ¿se compartían los mismos ideales? ¿reaccionó la clase media cuando les tocaron el bolsillo y es entonces cuando se unieron a la clases menos pudientes?, hasta entonces ¿era la clase obrera, los movimientos piqueteros un grupo reducido, violento, molesto? ¿una forma de radicalización que la sociedad no compartía, no aprobaba? ¿qué ocurría en el resto del país? ¿qué ocurría en las provincias del interior?, seguramente la crisis se notó antes, pero la gente del interior protestaba de otra manera, en lugar de golpear cacerolas se quemaban neumáticos. 

En el interior, en provincias como Catamarca, Tucumán, Salta, Jujuy se sintieron los efectos de la crisis económica mucho antes que en Buenos Aires. El hartazgo político popularmente no se manifestó de forma tan clara como en Buenos Aires. En determinadas provincias el silencio de la población significaba miedo, porque la mayoría de la población dependía económicamente del Gobierno Provincial, el primer empleador. Los puestos públicos eran prácticamente un tercio del trabajo que había. Los gobiernos provinciales apenas dejaban espacio para manifestarse.

Obviamente, estaba muy lejos de hacerme estas preguntas aquel fin de semana del invierno de 2001. Sin embargo empecé a creer, o al menos a intuir, lo que un tiempo después dijo el escritor Ivan Puig, los niños desnudos de la provincia de Tucumán llevaban dos décadas muriendo a diez kilómetros de Buenos Aires, y con el paso del tiempo cada vez vivían más y más olvidados. La cruenta realidad mandaba, con ellos no se ganaban elecciones. En la práctica, para los que gobernaban o pretendían hacerlo, los marginados de la periferia no valían para nada.


Francisco Lorca Ruiz

viernes, 15 de octubre de 2010

Que el cansancio del camino no te impida pensar


Aunque terminé mi Camino el tres de Octubre en Ponferrada, sentí que mi Camino de Santiago había terminado un día antes, el dos de Octubre, en la Cruz de Ferro, a 1500 metros de altura, cerquita de Foncebadón, poco antes de entrar a la Comarca del Bierzo en León. Allí en la Cruz de Ferro deposité una piedra que había recogido en Zubiri (Navarra) veinte días antes. Esa piedra simbolizaba mi camino, los retos diarios, las ampollas, las agujetas, los problemas, el futuro, los proyectos. Aquel día también deposité una Guía del Camino que nunca llegué a utilizar y que espero que algún peregrino haga buen uso de ella y le sirva. Es curioso siempre asocié el final del camino a llegar a Santiago, pero allí sentado, en la Cruz de Ferro sentí que había llegado mi final, mi Camino, en apenas veinticuatro horas ya estaría de regreso a Madrid. Cada día que terminé una etapa sentí que llegaba a Santiago pero aquel día sonaba a despedida, a una partida, a regreso a casa.


Siento que he hecho el Camino que buscaba, que quería hacer, recibí lecciones de VIDA a diario, aprendí también a respetar los caminos que realizaban los demás, a pie, en bici, a caballo, en taxi, en bus. También aprendí a entender el Camino, porque el Camino tiene su ritmo vital, vas solo pero formas parte de un grupo, de una comunidad en el que todos se preocupan por ti, saben dónde andas, cómo vas, con agujetas, sin ellas, con quien vas, donde paras, dónde duermes.
Me gané un apodo al que le tengo cariño "el que va y viene". Mi Camino, el que quise hacer incluía a veces hacer más kilómetros de los estimados en los libros o retroceder el Camino ya realizado por el simple motivo del reencuentro con los amigos recién conocidos, una despedida, un estrecharse la mano, abrazarse y compartir una buena cena. Aprendí que lo importante no es llegar sino cómo llegaba, solo o con el resto, pronto o tarde, casi siempre tarde, pero siempre feliz, los recibimientos merecían la pena, la cena fría guardada merecía la pena.

Hoy, sorprendido me doy cuenta que sólo he hecho veinte fotos, al final sólo escribí una postal. Yo, que me imaginaba un camino de soledad, de puro ermitaño, me vi asombrado, impresionado por un camino lleno de VIDA.


Hubo noches de andar por los campos de Castilla con la luna llena y el cielo estrellado, no eran necesarios los frontales. Hubo comidas en el campo compartiendo lo poco que teníamos cada uno que al juntarlo se convertía en el mejor menú del peregrino al que podíamos aspirar. Hubo rectas eternas con apenas paisaje con el cual distraerte en el que se agotaban los repertorios de canciones que cada uno sabíamos, hubo silencios y atardeceres. Hubo complicidades, hubo fiestas, San Mateo en Viana y Logroño, San Juan Mártir en Nájera, San Jerónimo en Santo Domingo de la Calzada, hubo concursos de patatas a la riojana, de paellas, de chorizo al vino, estuvo Serrat, estuvo Sabina, alguien se arrancaba con algún palo de flamenco y el resto acompañaba con palmas, hubo vino de Ribeiro y hubo charlas interminables por la noche, estuvo Méjico Lindo a mi lado, muy cerca. Hubo borracheras de mayores que se delataban al mirarse a los ojos como niños. Hubo Ángeles del Camino que tiraron de mi cuando más pesado se hizo el Camino y quería abandonar. Hubo misas en las que toco exponer el testimonio aunque no se oyera bien entre la escasa comunidad de parroquianas que aquella tarde nos acompañaban en Hospital de Órbigo. Hubo pastores que compartieron conmigo lo que tenían para comer y que bien orgullosos mostraban sus habilidades para ordenar y dirigir el rebaño con los perros. Hubo proveedores de comida en Navarra y La Rioja, las huertas se convirtieron en nuestras improvisadas "tiendas de alimentación", tomates, higos, peras, manzanas, uvas.....ay las vides de Viana, ay. Por una pera perdí mis gafas de sol, seguramente Santiago estaba dando un toque de atención a la conciencia del peregrino. Esa pera bien valió la pérdida.


Aprendí, presumí con el tiempo de ignorancia, de no saber cuántos kilómetros andaba cada día (aun hoy no sé bien cuántos hice), cómo era el perfil de cada etapa, qué monumentos encontraba o que era necesario, vital, importante visitar, cuántos albergues me encontraría, si dispondría de cama, de litera, no me preocupé mucho, en el fondo siempre supe que habría litera donde dormir...siempre la hubo. Lo importa, lo más maravilloso sucedía en el Camino, en el caminar, en el encuentro con el resto de peregrinos y la libertad de ir sólo. Todo empezaba entorno a las siete y media, ocho de la mañana, a partir de ahí era el Camino el que te iba moldeando, sólo había que dejarse llevar, y disfrutar del paso lento y pausado que te marcaba el camino.
Una certeza, íbamos siempre hacia el Oeste, donde se ponía el Sol cada día, donde casi creíamos vislumbrar cada vez más cerca Santiago de Compostela, al Oeste. El Oeste, donde en las horas finales de la tarde nos asegurábamos los atardeceres más bellos.

Y lo más hermoso de todo, lo más increíble es que es ahora cuando todo ya ha terminado, cuando empieza el verdadero Camino.

¡¡Buen Camino!!

Francisco Lorca Ruiz

jueves, 15 de abril de 2010

Viaje a Santa María desde San Miguel de Tucumán




Paradojas
(Escrito en 2004)

Tucumán, provincia argentina tan asociada al hambre, a la desnutrición y a la crisis que padeció el país en el año 2001, también está ligada paradójicamente a la caña de azúcar, a los cítricos, en definitiva, a la riqueza que da la tierra. Tanta resulta que la provincia es denominada por el resto del país, "El Jardín de la República".


Argentina, y especialmente Tucumán constituyen el principal abastecedor externo de cítricos frescos de la Unión Europea. No es extraño ver, sobre todo en nuestro verano boreal, como los supermercados de Madrid y otras ciudades españolas y europeas, están repletos de cítricos argentinos con la etiqueta que determina su origen en la provincia de Tucumán. Y sin embargo, al llegar, es inevitable recordar otras imágenes, las que nos hablan de heridas que aún permanecen abiertas, de políticas de décadas pasadas que resultaron nefastas para la provincia. Es cierto, es inevitable pensar en ello, pero hay muchas otras cosas que merecen la pena ser vividas y recordadas para que nunca las olvidemos. Constituyen una experiencia única, y es ahí, donde comienza nuestro viaje, nuestra última etapa antes de llegar a Santa María.

...

Llegamos a la provincia de Tucumán al amanecer, un viaje que ha supuesto recorrer casi 1300 kilómetros desde Buenos Aires, sin embargo, todavía nos quedan cuatro horas de viaje hasta Santa María, nuestro destino. Santa María se encuentra en la provincia de Catamarca. Una última etapa que resultará algo lenta. Ambas ciudades están apenas separadas por 180 kilómetros, sin embargo viajar por carreteras de montaña, cruzar la impresionante Selva Tucumana y alcanzar los Valles Calchaquíes hará que resulte necesario realizar una larga jornada para tan poca distancia.

En la Selva Tucumana también denominada Selva del Aconquija se encuentran las principales elevaciones de la provincia, como son el Nevado del Candado, de 5.450 metros y el Cerro del Bolsón, de 5.550 metros de altura.

Iniciamos el viaje a las diez de la mañana desde la estación de autobuses de San Miguel de Tucumán. Cansados entramos en el autobús, a poco de iniciar la marcha y tras dejar la capital de la provincia empezamos a cabecear en los asientos. El sueño nos puede. Aunque estamos medio adormilados, es inevitable reconocer a través de los cristales los "trencitos" de cañeros que durante el invierno, la época de la zafra, viajan por los caminos repletos de caña que llevan hacia los ingenios. La pendiente se empieza a notar, el autobús empieza a trepar, las curvas y contra curvas definitivamente nos despiertan en medio de un paisaje espectacular. La carretera serpentea la loma de la montaña, la vegetación se torna más densa y está compuesta por variadas especies de hierbas y arbustos. La imagen es impresionante. En ese instante entendemos porqué otros compañeros de ruta nos aconsejaron hacer ese viaje durante el día. En la Selva la humedad se hace presente. El frío de la noche genera al amanecer una densa niebla que produce un efecto fantasmal a los robles, nogales, cedros, virarós y demás especies vegetales de la yunga. De todas ellas cuelgan musgos o barbas del monte generando figuras fantásticas e irreales. Imposible dormirse, el viaje resulta largo, fatigoso, estamos cansados, pero la Selva ha conseguido captar toda nuestra atención.

Seguimos ascendiendo hasta que finalmente llegamos a El Mollar y Tafí del Valle. A partir de aquí el paisaje, sobre todo en invierno, cambia radicalmente, la vegetación se vuelve rala, el terreno árido, seco y sólo encontramos gramíneas y pastos duros. El Mollar es un pueblo a orillas del dique la Angostura. El lago se suele poblar de botes de pescadores y a veces, los bancos de niebla recorren su extensión como si fuera una película de Herzog. Llegamos a Tafí del Valle que al igual que el Mollar, se encuentra enclavado entre las montañas. En Tafí realizamos un descanso, ya hemos recorrido la mitad de nuestro viaje desde San Miguel de Tucumán.

El nombre de Tafí deriva del vocablo diaguita Taktillakta (“Pueblo de entrada Espléndida”). Por la dureza del paisaje y la accesibilidad a los valles, hasta 1943, (año en el que se construyó el camino que serpentea la ladera de la montaña) el acceso sólo podía realizarse a lomo de mula.

Tras dejar el Valle de Tafí, nos dirigimos hacia el noroeste donde se encuentra el Abra del Infiernillo a 2960 metros sobre el nivel del mar. En la parte más alta del abra, que significa una abertura entre los cerros, el camino pasa por el lugar donde se amontonan las nubes que pugnan, al igual que el autobús en el que viajamos, por vencer la altura e inundar el valle.

Finalmente llegamos a los Valles Calchaquíes. Hemos superado el Abra del Infiernillo y nos adentramos a paso lento en los nuevos valles. Estamos en el Valle de Yokavil donde se encuentra Santa María. Poco a poco vamos descendiendo y empezamos a reconocer a los nuevos habitantes del valle, los más destacados por su altura son los cardones, cactos enormes que llegan a alcanzar los cinco metros de altura y que al igual que el resto de las especies vegetales del valle están adaptados a las condiciones de un entorno seco y ventoso. Intentamos recuperarnos del mal de altura, lentamente empieza a hacer efecto en nosotros, necesitaremos unos días para aclimatarnos. El autobús deja tras de sí, Amaicha del Valle, apenas quedan unos minutos para llegar. Enfilamos directos a Santa María, nuestro destino, la llegada viene cargada de expectativas, de ilusiones. Es tiempo de encuentros, de acompañar, de ver y escuchar..., es hora, nunca mejor dicho de dar protagonismo al tiempo que con el paso de los días nos irá ubicando, nos irá aclimatando no sólo física sino mentalmente, sus consejos resultarán muy importantes, primera lección, los días transcurren lentos, el mate compartido no conoce horarios..y es allí donde nos esperan los niños del Cerrito y de la Escuelita, las mujeres de la Cooperativa Tinku Kamayu, los cerros,...

Estas son nuestras paradojas. 11.000 kilómetros desde España. A 1400 kilómetros de Buenos Aires. Viajamos a Santa María, para estar, para encontrarnos, volver un año más para determinar qué resulta importante en cada uno de nosotros, qué es vital. En aquella inmensidad, en aquellos valles, en el silencio compartido con el viento, sentados en algún cerro, parados en algún collado, nos preguntamos ¿porqué estoy aquí? ¿Por qué era necesario tan largo viaje para llegar hasta aquí?...

...aquí empieza nuestro particular contrasentido, una de tantas paradojas que para nosotros están llenas de toda lógica.
...

Los Valles Calchaquíes tienen una extensión de 5740 kms, comprenden tres provincias del norte de Argentina: Catamarca, Tucumán y Salta. Santa María, a 1950 metros de altura sobre el nivel de mar, se encuentra en la Precordillera de los Andes, al nordeste de la provincia de Catamarca, en el denominado Valle de Yokavil, en el corazón de los Valles Calchaquíes. El departamento de Santa María está formado por pequeñas poblaciones, en su mayoría rurales, que gravitan alrededor de la municipalidad de Santa María. En el Valle de Yokavil, cuyo nombre viene de los indios yokaviles, se pueden encontrar numerosos vestigios culturales como las ruinas de Fuerte Quemado o Cerro Pintado, testimonios todas ellas del enorme valor de este valle como cuna y asentamiento de comunidades aborígenes en tiempos prehispánicos.


Francisco Lorca Ruiz